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Gracias por todo, Caricatto.

“Vamos a diseñar un refugio”, nos dice un profesor no mucho mayor que nosotros, en jeans, con camisa blanca y una botella de agua mineral Minalba en la mano. Ese look se convirtió en una especie de uniforme. Y es que, como una vez me dijo la curadora de fotografía del MoMA, Susan Kismaric: “Eres arquitecto, ¿verdad? Es que blanco, negro y azul es el uniforme de los arquitectos”.

“Ahora necesito que compren un cuaderno Sketch y vayan documentando todo lo que hacemos en este semestre”: notas, dibujos, textos, ensayos, fotos, referencias. Todo lo íbamos pegando en ese cuaderno negro de tapa dura, con hojas blancas sin líneas, muy parecido a un Moleskine pero tamaño extra grande. Al día de hoy, mis cuadernos favoritos son así: con hojas en blanco, sin cuadrículas ni rayas, donde invento, dibujo, coloreo, pego, reviso… donde decido, donde diseño cómo se muestra el contenido, aunque sea solo para mí.

Creo que mi primer 20 lo recibí en ese cuaderno, porque al profesor le encantó cómo lo desarrollé. Y encontrarlo a él —y a Cristina Von der Heyde, quien luego sería su esposa y mamá de Camila—, a Hortensia Pérez, mi maestra, amiga y hermana de la vida, a Salvador Santorsola, mi querido sensei y amigo que al día de hoy me sigue diciendo así… definió mucho de lo que hoy es mi personalidad. Primero fueron mis maestros. Luego mis amigos.

Allí, en la Escuela de Arquitectura y Artes Plásticas (en la Vargas), aprendí a colorear fuera de la línea (conceptualmente hablando, porque dibujo y maqueteo muy bien, cof, cof), y hacer que se viera bien. A mezclar croquis amarillo con tinta por delante y creyones por detrás. A usar el papel azón con plumillas y algunas texturas en lápiz. A buscar una manera alternativa, divertida, apasionante de hacer las cosas.

Quizá por eso detesto de una manera tan fuerte la mediocridad. Quizá por eso amo con el alma la creatividad, el humor, las sonrisas, el buscarle solución a los problemas. Y pivotar. Pivotar. Pivotar hasta encontrar el camino.

Javier y Cristina luego se fueron a dar clases a la Universidad Central. Y mientras aún era estudiante en la Vargas, me invitaban a hablar de mis proyectos de pregrado en sus talleres. Maquetas gigantes llenas de romanilla viajando en el Metro de Caracas para llegar al maravilloso campus de la Ciudad Universitaria, que nunca deja de hacer latir tu corazón rapidísimo cuando entras, cuando recorres, cuando estás allí. (En mi caso, además, cuenta la leyenda que mi tía Morella me llevó allí siendo un bebé).

Con Javier siempre tuve contacto. Aún no era tan extenso el uso de los emails, pero sí de los celulares.
“Guillermo, necesito que me hagas un favor… mi primo, que tiene tu edad, vino de visita desde Argentina. ¿Tú lo puedes invitar a hacer algo?”

Buscamos a Alcides en casa de Javier y Cristina (¿o era en casa de su hermana la astróloga?), lo llevamos a pasear, a la playa…
“Esto es banano frito, ¡qué maravilla!” fue lo que dijo cuando conoció los tostones con queso blanco y un montón de salsas, casi llegando a Los Caracas.

Aún somos amigos. Aún nos escribimos. Ayer nos mandamos un abrazo por DM de Instagram.

Luego me invitaron a dar clases en la Unidad 00. Otra experiencia maravillosa que disfruté muchísimo: regresar a esa facultad que visitaba durante las entregas de tesis, ahora para estacionarme en el espacio de los profesores, tomarme el mismo Nestea Frappé del mejor cafetín de esa universidad, que algún amigo de los que había hecho en redes sociales y pasaba por allí me saludara a grito pelado:
“¡epa, Modulor!”
Con todas las implicaciones que eso tiene en un ambiente arquitectónico.

Se fue Cristina. Muy pronto.
Aún recuerdo su voz y cómo hablaba de los hermosos chaguaramos, para referirse a un tipo de palma que le sumábamos a muchos proyectos. Ya no recuerdo si era como quien le pone un sticker de Apple a su carro en el vidrio de atrás, pero sí recuerdo que era un “statement” medio posmoderno.

Caricatto ahora era el Decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo Carlos Raúl Villanueva (el arquitecto que diseñó la Ciudad Universitaria y tantos proyectos icónicos de Venezuela, incluso nuestro pabellón en la Biennale de Venecia, y por quien celebramos el Día del Arquitecto el 4 de julio).

Como decano, nunca dejó de ser el mismo muchacho irónico, sonriente, contestatario, que siempre dibujaba por fuera de la línea si eso le parecía correcto… y divertido. Siempre soñando. Siempre creando. Siempre invitando a interesarse por la arquitectura, por la creatividad, por lo sostenible.

Recuerdo cuando pintamos el muro de la sala más grande de la Unidad 00 de verde. Cuando Javier escribió el manifiesto de la Unidad 00 – Verde. Como decano, llenó la facultad de objetos de diseño, de íconos. Hasta puso por un tiempo un Ferrari rojo en el lobby. Hubo todo un revuelo porque tuvieron que desmontar y volver a montar las puertas para hacer entrar ese objeto de diseño.

En diciembre hablamos.
Porque todos los diciembres le envío un email de fin de año a un grupo de amigos que he ido atesorando durante mi vida. Algunos responden, y eso sirve incluso para comenzar otras conversaciones: filosóficas, humorísticas, profesionales, amistosas… de todo tipo.

En diciembre me dijo que quería que hiciéramos un proyecto juntos.
Le pregunté si era el de la cápsula del tiempo que Hortensia me había comentado.
Me dijo que no sabía qué… pero que teníamos que inventar algo juntos.

La conversación quedó “para después”.
Y ese después no llegó.

Ayer Hortensia me escribió muy temprano (porque estoy en California) y me dijo que Caricatto había muerto. Inesperadamente. Prematuramente. Luego Salvador me dejó un mensaje de voz.

Lloré. Sigo llorando.
Se fue mi maestro y mi amigo.

Quedan los recuerdos.
Quedan los posts casi psicodélicos en Instagram.
Queda Pink Floyd.
Queda un pedazo increíble de mi vida que sigue creciendo como una mata de mango, (mas que como un hermoso chaguaramo), con raíces que vienen de esos momentos insólitos, surrealistas y posmodernos que vivimos en la escuela de Arquitectura.

Momentos que me dieron estructura —o la habilidad para crearla, modificarla, hacerla algo mío y algo bueno. Algo que me emociona. Algo que defiendo todos los días: creando, soñando, no perdiendo la capacidad de asombro, amando la música, el arte, los colores (aunque sigo siendo muy feliz con una camisa blanca).

A veces lo defiendo simplemente retirándome. Pivotando.
No porque me cueste discutir, o porque me dé miedo hacerlo, sino porque si algo he aprendido es que la vida es un viaje que no sabes cuándo termina… y debes disfrutarlo todos los días.

Hoy no quiero —y sé que no puedo— perder mi tiempo con cosas que no me den alegría. Algunas son necesarias, por aquello de la supervivencia… pero de nuevo: la vida es un camino, la vida es un viaje, y hay que disfrutar cada día del recorrido.

Gracias, Javier. Gracias, Caricatto.

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