El Late Show ha sido por muchos años un lugar especial para mí. No un programa: un lugar. Un lugar que visito en mi mente y en mis recuerdos, una especie de objeto donde guardamos pequeñas cosas que uno atesora con cariño.
La etapa con David Letterman la viví de una forma muy especial. La veía en directo, en Caracas, a través de la televisión satelital a la que muchos venezolanos accedíamos gracias a unas antenas parabólicas gigantescas en las azoteas de los edificios, muy lejanas todavía de los pequeños platos de DirecTV, pero era the real deal. Conectabas el televisor a la entrada coaxial de la pared y aparecían decenas de canales de la televisión abierta de Estados Unidos: NBC, ABC, CBS… en fin.
Veía Friends, ER, Frasier, Seinfeld. Recuerdo incluso que la señal se cayó el día del episodio final de Seinfeld, y no pude verlo sino años después, ya en cable, antes del streaming. Y, por supuesto, tenía acceso a los Late Shows.
Esos Late Shows (el Tonight Show en NBC y el Late Show en CBS) competían en horario y eran, literalmente, una guerra como la de los refrescos de cola. David Letterman era el heredero natural de Johnny Carson, el legendario host del Tonight Show, y cuentos más, chismes menos, Jay Leno negoció a espaldas de Letterman para quedarse con el programa. Letterman salió de NBC, caminó unas cuadras hasta las oficinas de CBS en Nueva York y consiguió uno de los contratos más famosos de la historia contemporánea de la televisión y su propio Late Show. Nacía The Late Show with David Letterman, desde el legendario Ed Sullivan Theater de Nueva York, el 30 de agosto de 1993.
Como les decía más arriba, yo lo veía en directo. Esperaba a que se hiciera tarde, incluso veía un poco de las noticias del día en Estados Unidos mientras llegaban las 11:30 de la noche para poder ver a Letterman.
Su último episodio fue el 20 de mayo de 2015 y, ya en septiembre de ese mismo año, comenzaba la etapa de Colbert en el show.
Mi historia con el Late Show continuaba.
El Ed Sullivan Theater había sido refaccionado de manera espectacular y, en el primer viaje que hice con mi esposa a Nueva York, nos quedamos en el hotel que está en el edificio de al lado y conseguimos entradas para ver a Colbert (previamente me había anotado en la lista de espera/lotería). Lo recuerdo con muchísimo cariño y emoción: desde estar allí adentro hasta el momento en que comenzaba el show con la banda de Jon Batiste, Stay Human, recorriendo todo el lugar y llenándolo de música.
Logramos ir una segunda vez. Recuerdo que ese día Colbert tenía bigote (era uno de los primeros episodios después de la cuarentena del Covid), y para el siguiente programa ya se lo había afeitado.
El show de Colbert fue cancelado el año pasado porque vivimos tiempos distintos, quizá un poco más oscuros, y la semana que viene será el último episodio: un 21 de mayo, casi exactamente once años después del último programa de Letterman.
La semana pasada estuvo Letterman en el show. Ya había estado antes, creo que hace un par de años, pero esta vez fue distinto. Ambos se estaban despidiendo del programa, ambos del Ed Sullivan Theater, incluso de los muebles (los tiraron desde la azotea apuntando a un blanco con el ojo de CBS). Colbert dejó que Letterman llevara la batuta. Se sentaron entre el público. Fue realmente un momento único y me hizo agradecer haber sido testigo de la historia del Late Show con ambos genios, incluso haber estado en esa sala y sentir electricidad en los huesos cuando comenzaba la música.
Me reí, lloré, le dije adiós a esa era maravillosa.
En el último episodio de la etapa de Letterman tocaron los Foo Fighters, que suspendieron su gira para estar allí e interpretar My Hero. No sabemos todavía cómo será el episodio final de Colbert y del show, pero ayer también recordé cómo terminó The Colbert Report en Comedy Central: Colbert y decenas de invitados cantando We’ll Meet Again, con Randy Newman al piano.
Como le dijo Letterman a Colbert la semana pasada: puedes quitarle el show a alguien, pero no puedes quitarle su voz.