Hace unos días volví a pensar en una frase de Mary Oliver que siempre me ha parecido una especie de manual mínimo para vivir una vida. Una guía sencilla, casi humilde, pero profundamente poderosa: “Pay attention. Be astonished. Tell about it.” Presta atención. Asómbrate. Cuéntalo.

Mientras más pasan los años, más creo que allí hay algo importante. El sábado pasado, escribiendo sobre mi mamá en el día de su cumpleaños, pensé mucho en cómo ella me enseñó precisamente eso: a mirar el mundo alrededor. A detenerme en los detalles. A conversar sobre las cosas que parecían pequeñas, pero que terminaban revelando algo más grande. Mi mamá tenía una manera muy especial de contar historias, incluso cuando no parecía que estuviera contando una historia. Podía hablarte de una comida, de una persona que vio en la calle, de una película, de un viaje, de una conversación cualquiera, y lograr que todo tuviera emoción, textura y significado. Creo que, sin saberlo, me enseñó storytelling mucho antes de que yo entendiera siquiera qué significaba esa palabra.

Luego vino la universidad, el trabajo, las mudanzas, los aeropuertos, vivir en distintos países, aprender nuevas maneras de hablar, de comer y de habitar el mundo. Y en medio de todo eso entendí algo importante: uno tiene que permitirse seguir maravillándose. No solamente de las cosas enormes o extraordinarias, sino también de las pequeñas. Del olor de la lluvia. De un amanecer silencioso. De una conversación inesperada. De un café en una calle cualquiera. De un perro durmiendo tranquilo al sol. De una canción que aparece justo cuando hacía falta. Igual que uno puede sentirse desbordado caminando por Venecia o entrando a una biblioteca histórica, también hay belleza profunda en esas cosas cotidianas que muchas veces dejamos de mirar porque sentimos que no tenemos tiempo.

Y allí aparece la tercera parte de esas instrucciones: contarlo. Porque compartir las cosas que nos maravillan no sirve solamente para documentar experiencias o llenar redes sociales. Sirve para conectar con otras personas, con recuerdos, con emociones y con aquello que nos hace sentir vivos. Nos ayuda a reconocernos en los demás, a compartir alegría, nostalgia, curiosidad o incluso tristeza. Nos recuerda por qué vale la pena defender lo humano frente a todo aquello que es cruel, destructivo o indiferente. Desde lo que comemos hasta las películas que vemos, desde las ciudades que recorremos hasta las cosas que despiertan nuestra creatividad, todas esas pequeñas experiencias terminan construyendo una manera de entender la vida y de relacionarnos con quienes nos rodean.

Quizá por eso insisto tanto en estos temas, tanto aquí como en conversaciones, podcasts o fotografías. Porque el día a día tiene una capacidad muy peligrosa de arrastrarnos hacia el modo supervivencia. El trabajo, las responsabilidades, las noticias, la ansiedad constante y el ruido de las redes hacen que poco a poco uno deje de vivir presente y comience simplemente a reaccionar. Y cuando eso pasa, dejamos de prestar atención. Dejamos de sorprendernos. Dejamos de compartir aquello que realmente importa.

Por eso me gusta volver a esa idea una y otra vez. La vida, al menos para mí, debe vivirse de forma presente: prestando atención, dejándose maravillar y contándole a otros esas cosas que nos recuerdan que seguimos aquí. Yo escogí hacerlo escribiendo, a veces grabando un podcast, otras veces tomando una foto o diseñando algo. Tú seguramente tienes también tu propia manera de hacerlo.